Declaraciones sobre la Violencia Familiar

Declaraciones sobre la Violencia Familiar

Día 17 de octubre de 1996.
VOTADO, Aprobar la Declaración sobre Violencia Familiar, como sigue:
“Declaración sobre Violencia Familiar”.
La violencia familiar es un asalto de cualquier tipo - verbal, físico, emocional, sexual, o bien, negligencia activa o pasiva - cometido por una persona o personas en contra de otra dentro de la familia, ya sea que tales personas estén casadas, emparentadas, vivan juntas o aparte, o estén divorciadas. Las actuales investigaciones internacionales indican que la violencia familiar es un problema global. Ocurre entre individuos de todas las edades y nacionalidades, en todos los niveles socioeconómicos y en familias de cualquiera de todas las religiones o sin religión alguna. Se ha encontrado que el promedio total de incidencias es similar en las comunidades urbanas, suburbanas y rurales.
La violencia familiar se manifiesta en formas diferentes. Por ejemplo, puede tratarse de un ataque físico en contra del cónyuge. Se consideran también como abuso los asaltos emocionales, tales como amenazas verbales, arranques de ira, menosprecio de la otra persona y demandas irreales en cuanto a la perfección. Puede adoptar la forma de coerción física y violencia en el marco de la relación marital sexual, o la amenaza de violencia a través de intimidación verbal o conductas no verbales. Incluye comportamientos tales como incesto y maltrato o negligencia que dan como resultado lesiones y daños perpetrados en menores de edad y causados por parte de uno de los padres u otro guardián. La violencia en contra de los ancianos puede manifestarse en forma de abuso físico, psicológico, sexual, verbal y abuso o negligencia médicos.
La Biblia indica claramente que la marca que distingue a los creyentes cristianos es la calidad de sus relaciones humanas en la iglesia y en la familia. Corresponde más al espíritu de Cristo, el amar y aceptar, el buscar la edificación y confirmación o ratificación de los demás, que el abusar de ellos o denigrarlos. No hay cabida entre los seguidores de Cristo para el control tiránico y el abuso del poder o la autoridad. Motivados por el amor de Cristo, sus discípulos son llamados a mostrar respeto y preocuparse por el bienestar de los demás, a aceptar tanto a hombres como a mujeres como iguales y a reconocer que cada persona tiene derecho al respeto y la dignidad. Al fallar en relacionarse con los demás de esta manera, se viola su condición de persona y se desvaloriza a los seres humanos creados y redimidos por Dios.
El apóstol Pablo se refiere a la iglesia como a la “familia de la fe” que funciona como la familia más amplia de cada miembro, ofreciendo aceptación, comprensión y consuelo a todos, especialmente a aquellos que están lastimados o en desventaja. Las Escrituras presentan a la iglesia como a una familia en la que el crecimiento personal y espiritual es una realidad y en la que los sentimientos de traición, rechazo y dolor dan lugar a sentimientos de perdón, confianza y plenitud. La Biblia habla también de la responsabilidad personal cristiana de proteger el propio cuerpo de la profanación, siendo que es el templo de Dios.
Desafortunadamente, la violencia familiar ocurre en muchos hogares cristianos. Jamás podrá condonarse. Afecta severamente la vida de todos los implicados y con frecuencia trae como resultados a largo plazo, percepciones distorsionadas de Dios, de la propia persona y de los demás.
Creemos que la iglesia tiene una responsabilidad:
  1. Prestar ayuda a quienes sufren de violencia familiar y responder a sus necesidades al:
    1. Escuchar y aceptar a quienes sufren de abuso, amándolos y confirmándolos como personas dignas y valiosas.
    2. Señalar las injusticias del abuso y hablar en defensa de las víctimas tanto dentro de la comunidad de la fe, como de la sociedad.
    3. Proveer un ministerio servicial y de apoyo a las familias afectadas por la violencia y el abuso, procurando habilitar tanto a las víctimas como a los perpetradores para que tengan acceso a la red de recursos profesionales disponibles en la comunidad.
    4. Ofrecer un ministerio de reconciliación cuando el arrepentimiento del perpetrador hace posible que se contemple el perdón y la restauración de las relaciones. El arrepentimiento incluye siempre la aceptación completa de la responsabilidad con respecto a los males cometidos, el estar dispuesto a hacer restitución en toda forma posible y efectuar cambios en el comportamiento para eliminar el abuso.
    5. Enfocar la luz del evangelio sobre la naturaleza de la relación esposo-esposa, padres-hijos y otras relaciones cercanas y habilitar a los individuos y familias para que crezcan en el ideal de Dios al vivir juntos.
      Precaverse del ostracismo tanto de victimas como de perpetradores dentro de la comunidad de la familia de la iglesia, haciendo siempre responsable a los perpetradores por sus acciones.
  2. Fortalecer la vida familiar al:
    1. Proveer educación sobre vida familiar que esté orientada hacia el elemento de la gracia e incluya una comprensión bíblica de la reciprocidad, igualdad y respeto indispensables en las relaciones cristianas.
    2. Aumentar la comprensión de los factores que contribuyen a la violencia familiar.
    3. Desarrollar formas de prevenir el abuso y la violencia y su ciclo  recurrente frecuentemente observado dentro de las familias y a través de las generaciones.
    4. Rectificar creencias religiosas y culturales que podrían ser usadas para justificar u ocultar la violencia familiar. Por ejemplo, aunque Dios ha instruido a los padres que corrijan a sus hijos en forma conducente a su regeneración, esta responsabilidad no les da licencia para usar medidas disciplinarias punitivas severas.
    5. Aceptar nuestra responsabilidad moral para estar alertas y responder al abuso perpetrado dentro de las familias de nuestras congregaciones y comunidades y declarar que tal conducta abusiva es una violación a las normas cristianas adventistas. Cualquier indicación o informe en relación con abusos cometidos no debe ser minimizado, sino considerado seriamente. Permanecer como miembros indiferentes e insensibles a tales informes es condonar, perpetuar y posiblemente hacer extensiva la violencia familiar.
  3. Si hemos de vivir como hijos de luz, debemos iluminar la oscuridad dondequiera que la violencia familiar se suceda en nuestro medio. Debemos cuidar los unos de los otros, aun cuando sea más fácil permanecer sin comprometernos.
(La declaración anterior se basa en principios expresados en los pasajes bíblicos siguientes: Éxodo 20:12; Mateo 7:12; 20:25, 26; Marcos 9:33-35; Juan 13:34; Romanos 12: 10,13; 1 Corintios 6:19; Gálatas 3:28; Efesios 5:2,3; 6:4; Colosenses 3:12-14; 1 Tesalonicenses 5:5-8.)

 

Declaración sobre el desafío de las enfermedades transmitidas sexualmente

Declaración sobre el desafío de las enfermedades transmitidas sexualmente

Octubre de 1998.
RECOMENDADO, Adoptar el documento "Declaración sobre el Desafío de las Enfermedades Transmitidas Sexualmente", que lee como sigue:
“Declaración sobre el desafío de las enfermedades transmitidas sexualmente”
El mundo contemporáneo confronta graves problemas éticos, médicos y sociales como resultado del aumento de la permisividad sexual y la promiscuidad correspondiente. Siendo que los cristianos son parte de la comunidad social total, tales actitudes y conductas se han infiltrado también en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, lo cual demanda que se les preste atención.
Tan serios son los desafíos que presentan las enfermedades transmitidas sexualmente (ETS), que las Naciones Unidas, juntamente con la mayoría de los gobiernos de todo el mundo, la comunidad de servicios médicos, y los dirigentes religiosos, políticos y económicos, han instituido una serie de programas de investigación y educación sobre salud, cuyo enfoque es la prevención y el tratamiento. El objetivo es prevenir, curar y minimizar los efectos o por lo menos disminuir la propagación de tales enfermedades.
Corren un mayor riesgo los jovencitos que entran a la pubertad cada vez a una edad menor, cuando son especialmente vulnerables a la presión de grupo y a un alud de mensajes de los medios de comunicación y de sus compañeros que consideran los encuentros sexuales casuales y fuera del matrimonio como aceptables y normales. Muchos jóvenes son sexualmente activos desde los primeros años de su adolescencia y establecen muy pronto patrones de actividad sexual. Juntamente con el incremento de la actividad sexual aparece un aumento dramático de las enfermedades transmitidas sexualmente, con sus serios problemas físicos y emocionales.
Se han hecho avances en los aspectos siguientes:
  • Las investigaciones han proporcionado datos más precisos.
  • Se han documentado los beneficios del uso de condones para reducir los embarazos no deseados y la propagación de las enfermedades transmitidas sexualmente.
  • Se han reconocido los peligros de la promiscuidad.
  • Tratamientos más efectivos han reducido la propagación y progresión de muchas enfermedades transmitidas sexualmente.
  • Se ha reconocido el riesgo a largo plazo de daños emocionales como resultado de encuentros sexuales casuales.
  • Ha aumentado el consenso en favor de que la abstinencia con respecto a la actividad sexual fuera del matrimonio preserva la salud sexual y emocional.
A pesar de sus limitaciones, estos avances han probado ser benéficos y deben alentarse por razón de sus efectos positivos. Debe animarse a quienes proporcionan tales cuidados y servicios a participar en la promoción de esos esfuerzos, los cuales merecen el apoyo de los miembros de iglesia al hacerlo. El enfoque práctico dado a tan serios problemas y el uso de las intervenciones apropiadas no debe interpretarse en términos de endoso o estímulo de las actividades sexuales fuera del matrimonio o de infidelidad dentro de éste. Tales esfuerzos deben verse más bien como tentativas humanitarias para prevenir o reducir las consecuencias negativas de comportamientos sexuales dañinos.
Algunas veces los familiares, pastores, maestros, consejeros, médicos y otros profesionales, podrían trabajar en favor de personas que, a pesar de recibir la correcta orientación, se rehúsan a abandonar sus prácticas sexuales incorrectas para vivir de acuerdo a las elevadas normas morales de Dios. En tales casos, quienes ministran en su favor pueden, como último recurso, aconsejar a la persona específica el uso de métodos contraceptivos y profilácticos, tales como los condones, en un esfuerzo por prevenir el embarazo y reducir el riesgo de propagación de las enfermedades transmitidas sexualmente que diezman la existencia. Debe tenerse sumo cuidado al aconsejar al respecto, haciendo muy claro a las personas y miembros de la comunidad correspondiente, que esta medida extrema no debe de ninguna manera interpretarse como anuencia bíblica respecto a las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Tal acción por parte de los profesionales en el área debe tener carácter provisional y ser utilizada solamente en casos individuales. Aunque tales intervenciones puedan proveer un poco de tiempo para que la gracia haga su obra en el corazón humano, no proveen una solución viable a largo plazo. La iglesia debe continuar esforzándose en aprovechar al máximo cada oportunidad de subrayar el concepto de la sabiduría del diseño divino tocante a la sexualidad humana y en llamar a hombres y mujeres a la más elevada norma de conducta moral.
Principios bíblicos:
Aun cuando los esfuerzos descritos anteriormente son benéficos en muchos sentidos, son, por otra parte, sólo una respuesta a situaciones existentes creadas por el impacto del pecado. En las Escrituras, Dios ha establecido un plan superior como guía para el uso del don de sexualidad dado. Basado en una serie de principios guiadores, presenta en términos prácticos el ideal de Dios para su pueblo que vive en un mundo herido por el pecado.
  1. La intimidad sexual se reserva para el matrimonio. La sexualidad es un don amoroso del Creador a la humanidad (Génesis 1:26,27). El evangelio pide de los creyentes que aprecien y hagan uso de su sexualidad en armonía con los propósitos divinos (1 Corintios 3:16,17; 6:13-20; Efesios 5:1-8; Filipenses 1:27; 1 Tesalonicenses 4:3-7). En el plan de Dios, la intimidad sexual se reserva para un hombre y una mujer dentro de los límites del convenio matrimonial (Génesis 2:24,26; Éxodo 20:14; Proverbios 5; Cantares. 4:12; 8:8-10: 2:6, 7; 3:5; 8:3,4; Oseas 3:3; Hebreos13:4). La fidelidad sexual dentro del matrimonio es esencial para la plena comprensión de la metáfora divina que compara al matrimonio con la relación de Dios con su pueblo (Isaías 54:5; Oseas 2:14-23; 2 Corintios 11:2; Apocalipsis 19:6-9; 21:9).
  2. La intimidad sexual fuera del matrimonio es inmoral y dañina. Tal relación íntima tiene un efecto perjudicial sobre la persona (Levítico 18:6-30; Romanos 1:24-27; 1 Corintios 6:18), así como sobre la relación matrimonial (Proverbios 5:1-23). Las Escrituras la consideran parte de la vida de pecado (Gálatas 5:19; Colosenses 3:5).
  3. Dios reconoce la fragilidad humana. Su divina voluntad hacia los seres humanos y sus propósitos en la creación son inalterables (Malaquías 3:6; Mateo 5:17-20; Hechos 20:27). También son invariables su absoluto amor por la humanidad y sus esfuerzos por redimirla (Juan 3:16; Romanos 5:8; 8:35-39; Efesios 1:1-14; 3:14-19; 1 Juan 4:7-10). El mensaje del evangelio, cuyo centro es Jesucristo, une todas estas verdades (Salmos 85:10; 1 Juan 2:1,2).
    La única esperanza para la humanidad caída es la gracia de Dios (Romanos 3:23,24; 5: 1,2, 20; Efesios 2: 1-5). Dios es paciente y misericordioso hacia la fragilidad humana (Números 14:18, 19; Salmos 86:15; 103:13,14: Oseas. 11:8,9; Juan 3:1; 4:10,11; Mateo 23:37; 1 Timoteo 1:15,16). Aun cuando la gracia de Dios no le da al hombre licencia para pecar (Romanos 6:1,2), es a través de esa gracia que Dios lleva a cabo sus esfuerzos redentores dentro de las circunstancias que son resultado del pecado (Romanos 5:12-21). Las transacciones prácticas de Dios con respecto a casos de divorcio (Deuteronomio 24: 1-5; Esdras 10:10,11; Mateo 19:7,8), poligamia (Éxodo 21:10; Deuteronomio. 17:17; 21:15-17; Mateo 19:4,5), la introducción de los alimentos de origen animal (Génesis 1: 11, 12, 29, 30; 9:3; Levítico 3:17; 11 :47) y la provisión de un rey terrenal (1 Samuel 8:7; 10:19; Oseas 13: 11), ofrecen ejemplos de intervenciones muy lejos del ideal divino. A través de tales casos podemos ver su gracia y misericordia obrando en un mundo deformado por el pecado.
  4. La iglesia lleva a cabo su misión en un mundo caído. Las condiciones existentes contrastan agudamente con el ideal de Dios. Tanto creyentes como no creyentes son vulnerables a la inmoralidad sexual como uno de los trágicos resultados del pecado (Juan 17: 15; 1 Juan 2:15). La iglesia está llamada a servir tanto a los creyentes como a los no creyentes, alcanzando con su misión y llamado a los pecadores (Mateo 28:19; Marcos 2:17; 2 Corintios 5:20, 21), fomentando el desarrollo de los creyentes (Efesios 2:19-22; 4:11-13, 15; 1 Tesalonicenses 5:11; 2 Pedro 3:18), exaltando el valor infinito de cada persona (Isaías 43:3,4,7; Mateo 12.12; Lucas 12:7; 15: 1-32; 1 Pedro 1:18,19), protegiendo al débil y vulnerable (Romanos 15: 1; 1 Tesalonicenses 5:14; Hebreos 13:3), promoviendo y preservando la vida y la salud (Juan 10:10; 1 Corintios 6:19; 3 Juan 2) y llamando a hombres y mujeres a ocupar su elevada posición como pueblo santo y elegido de Dios (Efesios 4:1; 5:8; 1 Pedro 1:15,16; 2:5,9). El ministerio de la iglesia alcanza a los individuos en el lugar donde se encuentran (1 Corintios 3:1,2; 7:1-28) y les presenta una norma más elevada (Lucas 19:5-10; Juan 8:3-11; Hechos 17:18-34).
  5. Se espera que ocurra un desarrollo espiritual en la vida cristiana. El cambio efectuado en el cristiano implica tanto la conversión (Juan 3:3,7; Hechos 3:19; Romanos 12:2; 2 Corintios 5:17) como el crecimiento (Proverbios 4:18; Lucas 2:52; Efesios 3:17-19; 4:11-15; 2 Pedro 3:18). En la conversión, el cristiano acepta como suya, por fe, la vida perfecta de Cristo y experimenta una transformación de valores guiada por el Espíritu (Juan 3:5; Gálatas 2:20). Tanto fuerzas externas como internas podrían provocar un receso en el pensamiento o la conducta (Gálatas 5:16-18; 1 Juan. 3:20), pero la dedicación al progreso inducido por la gracia en la vida cristiana (1 Corintios 15:10; Filipenses 3:12-14; Colosenses 1:28,29) y la confianza en los medios provistos por Dios (Romanos 8:5-7; Gálatas 5:24,25) producirán el crecimiento hacia la semejanza de Cristo (Gálatas 5:22-25; Efesios 5:1).
    Las Escrituras demandan del ser humano que progrese moral y espiritualmente a través de su existencia (Lucas 2:52; 1 Corintios 13:11; 14:29). La acción planificadora y facilitadora de tal crecimiento es vital en el cumplimiento de la comisión evangélica (Mateo 28:20; Efesios 3:14-24). La tarea de la educación religiosa es prestar atención al desarrollo individual y presentar la verdad en forma tal que quienes la escuchan puedan comprenderla (Mateo. 11: 15), logrando con ello ampliar su comprensión sin hacerlos tropezar (Romanos 14:1-21; 1 Corintios 8:9-13). Aunque debe tratarse con indulgencia a quienes tienen menos conocimientos o madurez (Mateo 13:34; Juan 16:12; Hechos 17:30; 1 Corintios 3:1,2), la persona debe, con el paso del tiempo, progresar hacia una comprensión más amplia de la voluntad de Dios (Juan 16:13) y hacia una más completa expresión de su amor por Dios y hacia los demás (Mateo 22:37-39; Juan 13:35; 8; 9; 13:11; 1 Juan 3:14; 4:11,12). Con la bendición de Dios, la presentación clara del evangelio y la atención cuidadosa al proceso de hacer discípulos darán frutos espirituales aun entre aquellos que han estado implicados en pecados sexuales (1 Corintios 6:9-11).
Implicaciones
  1. La iglesia sostiene la perspectiva bíblica de la sexualidad como sano atributo de la naturaleza humana creada por Dios, para ser gozada y utilizada en forma responsable en el matrimonio, como parte del discipulado cristiano.
  2. La consigna de la iglesia es dar a conocer la perspectiva bíblica de la sexualidad humana en forma intencional y culturalmente apropiada. Se enfatiza el aprecio hacia el organismo humano y el conocimiento de sus funciones, defendiendo la castidad sexual fuera de las relaciones matrimoniales y la fidelidad dentro de las mismas, y desarrollando habilidades con respecto a la comunicación y toma de decisiones tocante a la conducta sexual. El cometido de la iglesia es transmitir la verdad de que el uso indebido de la propia sexualidad y el abuso de poder en las relaciones son contrarios al ideal de Dios.
  3. La iglesia llama a las personas a consagrarse delante de Dios a una vida de abstinencia sexual fuera del convenio matrimonial y a la fidelidad sexual en relación con el cónyuge. Aparte de la sana expresión de intimidad sexual dentro del matrimonio, la abstinencia constituye el único camino seguro y moralmente aceptable para el cristiano. En cualquier otro contexto, las prácticas sexuales son a la vez perjudiciales e inmorales. Esta elevada norma representa la intención de Dios en cuanto al uso de este don y se pide que los creyentes sostengan este ideal, independientemente de las normas prevalecientes en la cultura a su alrededor.
  4. La iglesia reconoce la pecaminosidad de la humanidad. Los seres humanos cometen errores, usan un mal criterio y pueden deliberadamente elegir involucrarse en prácticas sexuales contrarias al ideal divino. Otros posiblemente no saben a quién acudir en busca de ayuda para vivir una vida sexualmente pura. Sin embargo, nada puede librar a tales personas de las consecuencias de apartarse del plan divino. Las heridas emocionales y espirituales producto de las prácticas sexuales que violan el plan de Dios, dejan inevitablemente sus cicatrices. Pero la iglesia brinda su ministerio de gracia y misericordia ofreciendo el perdón, la sanidad y el poder restaurador de Dios. Debe procurar proveer el apoyo personal, espiritual y emocional que le permita a la persona lastimada echar mano de los recursos del evangelio. La iglesia debe también ayudar a las personas y a las familias a identificar y lograr acceso a la completa red de recursos profesionales disponibles.
  5. La iglesia reconoce como moralmente aceptable el uso de medidas contraceptivas, incluyendo los condones, por parte de parejas matrimoniales que tratan de controlar la concepción (Véase Control de la Natalidad: Una Declaración de Consenso Adventista l60-98G). Los condones en particular, podrían hasta ser prescritos en ciertas circunstancias matrimoniales; por ejemplo, cuando uno de los cónyuges ha estado expuesto a, o contraído alguna enfermedad transmitida sexualmente, exponiendo así a su pareja a una infección casi segura.
    Por otra parte, el uso premarital o extramarital del condón, ya sea para disminuir el riesgo de un embarazo no deseable o para prevenir la transmisión de una enfermedad transmitida sexualmente, posa una dificultad de orden moral. Tal preocupación debe considerarse en el contexto del plan divino para la sexualidad humana, la relación entre el propósito creador de Dios y su consideración hacia la fragilidad humana, el proceso de crecimiento espiritual y desarrollo moral del individuo y la naturaleza de la misión de la iglesia.
    Aun cuando el uso del condón ha demostrado ser más o menos efectivo en cuanto a la prevención del embarazo y la propagación de la enfermedad (Las investigaciones indican que los condones, cuando se usan correctamente, son un 97 por ciento seguros en relación con la prevención del embarazo y de un 85 a 90 por ciento seguros en la prevención de la transmisión de virus, según los utiliza la población en general. Entre los grupos que los usan consistente y correctamente, su efectividad es de un 97 por ciento), esto no hace moralmente aceptables las prácticas sexuales fuera del matrimonio. Tampoco previene este hecho el daño emocional que resulta de tal comportamiento. El llamado de la iglesia tanto a jóvenes como a adultos, a creyentes, como a no creyentes, es a vivir una vida digna de la gracia que se nos ofrece a través de Cristo, usando tan completamente como sea posible los recursos divinos y humanos para vivir de acuerdo al ideal de Dios con respecto a la sexualidad.
  6. La iglesia reconoce que en casos en los cuales las personas casadas enfrenten el riesgo de transmitir o contraer a través de su cónyuge enfermedades transmitidas sexualmente, tales como el SIDA, el uso de un condón es no solamente moralmente aceptable, sino altamente recomendable si los cónyuges deciden continuar teniendo relaciones sexuales. Debe advertírsele a los usuarios de condones, la importancia de usarlos apropiadamente y de sus límites en cuanto a su efectividad para prevenir la transmisión del SIDA.
Llamado
Enfrentamos una crisis que hace peligrar la vida y amenaza el bienestar de muchas personas, incluyendo los miembros de iglesia. Tanto los jóvenes como los adultos están en peligro. La iglesia debe desarrollar sin mayor dilación una estrategia completa de educación y prevención. Deben movilizarse los recursos en términos de profesionales de la salud, servicios sociales, educativos, ministeriales y otros, tanto dentro como fuera de la iglesia. La crisis demanda atención prioritaria usando recursos y métodos legítimos a disposición de la iglesia dirigidos al hogar, escuela, iglesia y comunidad. De ello depende el destino de una entera generación de seres humanos y estamos ahora corriendo contra el tiempo.

 

Control de la natalidad: Declaración de Consenso Adventista

Control de la natalidad: Declaración de Consenso Adventista

Octubre de 1999.
RECOMENDADO, Aprobar el documento:
“Control de la Natalidad: Declaración de Consenso Adventista.”
La tecnología científica actual permite un control mayor de la fertilidad y reproducción humanas, de lo que antes era posible. Esta tecnología hace posible la relación sexual disminuyendo en gran medida la expectativa de embarazo y nacimiento de bebés. Las parejas cristianas casadas poseen un potencial de control de la fertilidad que ha dado lugar a muchas preguntas con sus amplias implicaciones religiosas, médicas, sociales y políticas. Hay oportunidades y beneficios como resultado de las nuevas medidas, así como también desafíos e inconvenientes. Deben tomarse en consideración varias cuestiones morales. Los cristianos, quienes finalmente deben tomar su propia decisión personal con respecto a este asunto, deben recibir información a fin de que puedan tomar decisiones sabias basadas en principios bíblicos.
Entre los puntos que deben considerarse se encuentra la interrogante con respecto a lo apropiado de la intervención del hombre en el proceso biológico natural de la reproducción humana. Si es apropiada alguna medida de intervención, entonces deben considerarse otras cuestiones adicionales con respecto al qué, cuándo y cómo. Otras preocupaciones relacionadas con lo anterior, incluyen:
  • Probable incremento de inmoralidad sexual que la disponibilidad y uso de los métodos de control de la natalidad podría promover.
  • Consecuencias relacionadas con el dominio de un género, en relación con privilegios y prerrogativas sexuales tanto de hombres como de mujeres.
  • Consecuencias sociales, incluyendo el derecho de una sociedad a usurpar la libertad personal en beneficio de toda la sociedad y la carga del apoyo económico y educacional en favor de quienes están en desventaja.
  • Consecuencias en el área de la mayordomía en relación con el crecimiento de la población y el uso de los recursos naturales.
Debe enunciarse una declaración de consideraciones morales dentro del amplio marco de las enseñanzas bíblicas con respecto a sexualidad, matrimonio, paternidad y el valor de los hijos, además de una comprensión clara de la interconexión de tales elementos. Teniendo en cuenta la diversidad de opinión dentro de la Iglesia, se establecen los siguientes principios bíblicos para educar y servir de guía en la toma de decisiones.
  1. Mayordomía responsable. Dios creó al ser humano a su propia imagen, varón y hembra, con la capacidad de pensar y tomar decisiones (Isaías 1:18; Josué 24:15; Deuteronomio 30:15-20). Dios le dio a los seres humanos dominio sobre la tierra (Génesis 1:26, 28). Este dominio requería la supervisión y el cuidado de la naturaleza. La mayordomía cristiana requiere también la toma de responsabilidades en relación con la procreación humana. La sexualidad, como uno de los aspectos de la naturaleza humana sobre el cual la persona ejerce mayordomía, debe expresarse en armonía con la voluntad de Dios (Éxodo 20:14; Génesis 39:9; Levítico 20:10-21; 1 Corintios 6: 12-20).
  2. Propósito procreador. La perpetuación de la familia humana es uno de los propósitos de Dios para la sexualidad humana (Génesis 1:28). Aun cuando se pueda inferir que la intención de la relación matrimonial sea para generar progenie, las Escrituras nunca presentan la procreación como una obligación de cada pareja a fin de agradar a Dios. Sin embargo, la revelación divina le da un gran valor a los hijos y expresa el gozo que se encuentra en la paternidad (Mateo 19:14; Salmo 127:3). El procrear y criar a los hijos les ayuda a los padres a comprender a Dios y a desarrollar compasión, espíritu de servicio, humildad y abnegación (Salmo 103:13; Lucas 11:13).
  3. Propósito unificador. En el matrimonio, la sexualidad cumple una función de unificación, ordenada por Dios y distinguible del propósito procreador (Génesis 2:24). El propósito de la relación sexual en el matrimonio incluye gozo, placer y deleite (Eclesiastés 9:9; Proverbio 5:18,19; Cantares 4:16-5:1). La intención de Dios es que las parejas puedan tener comunión sexual habitual aparte del propósito procreador (1 Corintios 7:3-5) y una comunión que forje fuertes vínculos y proteja al cónyuge de una relación inapropiada con alguien aparte de su pareja (Proverbio 5:15,20). Dentro del diseño divino, la intimidad sexual no tiene el solo propósito de la concepción. Las Escrituras no prohíben a las parejas casadas disfrutar de los deleites de las relaciones conyugales mientras se toman medidas para prevenir un embarazo.
  4. Libertad de elección. En la creación y nuevamente a través de la redención de Cristo, Dios le ha dado a los seres humanos la libertad de elección y les pide que usen esa libertad en forma responsable (Gálatas 5:1,13). En el plan divino, el esposo y la esposa constituyen una unidad familiar peculiar, en la que ambos tienen la libertad y la responsabilidad de participar al tomar determinaciones en relación con su familia (Génesis. 2:24). Las parejas matrimoniales deben prestarse consideración mutua al tomar decisiones con respecto al control de la natalidad y estar dispuestas a considerar las necesidades del cónyuge, así como la propia (Filipenses 2:4). Para aquellos que desean tener hijos, la elección procreadora no es ilimitada. Hay varios factores que deben contribuir a la decisión, incluyendo la habilidad de proveer para las necesidades de los hijos (1Timoteo 5:8); la salud física, emocional y espiritual de la madre y de otros que cuidan de los hijos (3 Juan 2; 1 Corintios 6:19; Filipenses 2:4; Efesios 5:25); las circunstancias sociales y políticas en las que nacen los hijos (Mateo 24:19); la calidad de vida y los recursos globales disponibles. Somos mayordomos de la creación de Dios y por lo tanto debemos mirar más allá de nuestra propia felicidad y deseos y tomar en cuenta las necesidades de los demás (Filipenses 2:4).
  5. Métodos apropiados de control de la natalidad. La decisión moral acerca de la elección y el uso de varios agentes de control de la natalidad parte de una comprensión de sus probables efectos en la salud física y emocional, la manera en que operan los diferentes agentes y el gasto financiero implicado. Una variedad de métodos de control de la natalidad incluyendo métodos de bloqueo, espermicidas y esterilización, evitan la concepción y son moralmente aceptables. Algunos otros métodos de control de la natalidad [algunos ejemplos actuales de esos métodos incluyen los dispositivos intrauterinos (DIU), píldoras hormonales (incluyendo la "píldora de la mañana después"), inyecciones o implantes. Las preguntas con respecto a esos métodos deben ser dirigidas a un médico profesional] podrían evitar la liberación del óvulo (ovulación), podrían evitar la unión del óvulo con el espermatozoide (fertilización) o podrían evitar la fijación del óvulo ya fertilizado (implantación). Dada la inseguridad con respecto a la forma como funcionarían en determinado caso, las personas que creen que la vida humana sujeta a protección comienza con la fertilización, podrían tener recelos morales. Sin embargo, siendo que la mayoría de los óvulos fertilizados fallan generalmente en implantarse o se pierden después de la implantación, aun cuando no se usen métodos de control de natalidad, los métodos hormonales de control de natalidad y los métodos DIU, que representan un proceso similar, pueden considerarse moralmente aceptables. El aborto, la terminación intencional de un embarazo establecido, no es moralmente aceptable para propósitos de control de la natalidad.
  6. Uso inadecuado de control de natalidad. Aun cuando el aumento de la habilidad para controlar la fertilidad y proteger contra las enfermedades trasmitidas sexualmente, sea útil para muchos matrimonios, el control de la natalidad puede usarse indebidamente. Por ejemplo, aquellas personas que sostendrían relaciones sexuales antes y fuera del matrimonio, podrían más fácilmente permitirse tales actividades por la disponibilidad de métodos de control de natalidad. El uso de tales métodos para proteger las relaciones sexuales fuera del matrimonio puede tal vez reducir los riesgos de contraer enfermedades transmitidas sexualmente, o bien proteger del embarazo. Sin embargo, las relaciones sexuales fuera del matrimonio son tanto peligrosas como inmorales, independientemente de que tales riesgos disminuyan o no.
  7. Un enfoque redentor. La disponibilidad de métodos de control de la natalidad hacen de la educación acerca de la sexualidad y la moralidad, un imperativo. Debe dedicarse menos esfuerzo en condenar y más en enfoques educativos y redentores a fin de permitirle a cada individuo ser persuadido por los insondables móviles del Espíritu Santo.

Declaración sobre el Adventismo y el Año 2000

Declaración sobre el Adventismo y el Año 2000

El 29 de septiembre de 1999, durante el Concilio Anual celebrado del 28 de septiembre al 7 de octubre en las oficinas de la Asociación General, 330 miembros de la Junta Ejecutiva de la Iglesia aprobaron una “Declaración sobre el Adventismo y el año 2000”. La declaración dice textualmente:
Los adventistas del séptimo día fincan su esperanza en la vida, muerte y resurrección de Cristo, y esperan gozosamente la consumación de esa esperanza en el pronto retorno de Jesús. Los adventistas basan su fe en las enseñanzas de la Escritura y creen que el transcurso del tiempo es significativo en el sentido de que nos acerca más al acontecimiento más maravilloso que jamás haya visto el ojo humano. Esperamos ansiosamente el retorno visible de Cristo. Pero no especulamos acerca del momento histórico preciso cuando ocurrirá tal acontecimiento. Jesús nos dijo: “No toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en una sola potestad” (Hechos 1:7).
Por lo tanto, los adventistas no le dan significado religioso a la terminación de un milenio y la iniciación de otro. El año 2000 no tiene ningún significado profético particular, no se menciona en la Biblia y debe rechazarse cualquier especulación referente a su significado religioso. Sin embargo, entendemos que cada año que pasa nos acerca más al retorno de nuestro Señor.
Estamos conscientes de que la transición del milenio tiene un impacto emocional significativo en la raza humana. Muchos están llenos de preocupación, expectativa y hasta temor al acercarnos al año 2000. Mientras tantas personas están preocupadas por los disturbios en la naturaleza y la sociedad, nuestro Dios nos dice: “No se turbe vuestro corazón” (Juan 14:1). Por tanto, como cristianos adventistas damos a conocer la esperanza de un futuro glorioso que se convertirá en realidad al tiempo dispuesto por Dios.

Declaración de la posición adventista en relación con la homosexualidad

Declaración de la posición adventista en relación con la homosexualidad

Octubre de 1999
RECOMENDADO, Adoptar la Declaración de la Posición Adventista en Relación con la Homosexualidad, como sigue:
“Declaración de la posición adventista en relación con la homosexualidad”
La Iglesia Adventista del Séptimo Día reconoce que cada ser humano es valioso a la vista de Dios, y buscamos ministrar en favor de todos los hombres y mujeres en el espíritu de Jesús. Creemos también que por la gracia de Dios y a través del estímulo brindado por la comunidad de la fe, una persona puede vivir en armonía con los principios de la Palabra de Dios.
Los adventistas del séptimo día creen que las relaciones sexuales íntimas son apropiadas solamente dentro de la relación entre un hombre y una mujer. Ese fue el diseño establecido por Dios en la creación. Las Escrituras declaran: "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne" (Génesis 2:24). A través de las Escrituras se afirma este patrón heterosexual. La Biblia no deja espacio para las actividades o relaciones homosexuales. Están prohibidos los actos sexuales fuera del círculo del matrimonio heterosexual (Levítico 20:7-21; Romanos 1:24-27; 1 Corintios 6:9-11). Jesucristo reafirmó el intento divino de la creación: "Y él respondiendo les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y mujer los hizo?" Y dijo: "Por tanto, el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne. Así que, no son ya más dos, sino una carne". (Mateo 19:4,6). Por estas razones, los adventistas se oponen a las prácticas y relaciones homosexuales.
Los adventistas del séptimo día se esfuerzan por seguir las instrucciones y el ejemplo de Jesús. El reafirmó la dignidad de todos los seres humanos y se acercó compasivamente a las personas y familias que sufrían las consecuencias del pecado. Ofreció su ministerio de servicio y dirigió palabras de solaz a personas que luchaban con el pecado, al mismo tiempo que establecía la diferencia entre su amor por los pecadores y sus claras enseñanzas con respecto a hábitos pecaminosos.

Una Filosofía Adventista del Séptimo Día acerca de la Música

Una Filosofía Adventista del Séptimo Día acerca de la Música

(Este documento fue aprobado por la Junta Ejecutiva de la Asociación General de la IASD en el Concilio Anual, en Silver Spring, Maryland, el 13 de octubre de 2004)
“Una Filosofía Adventista del Séptimo Día acerca de la Música”
Dios ha entretejido la música en la trama misma de su creación. Leemos que cuando hizo todas las cosas “alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7). El libro de Apocalipsis describe el cielo como un lugar de alabanza incesante, que resuena en cánticos de adoración a Dios y al Cordero por parte de todos (Apocalipsis 4:9-11; 5:9-13; 7:10-12; 12:10-12; 14:1-3; 15:2-4; 19:1-8).
Debido a que Dios hizo al ser humano a su imagen, compartimos el amor y el aprecio por la música con todos los seres creados. De hecho, la música puede tocarnos y conmovernos con un poder que va más allá de las palabras o cualquier otro tipo de comunicación (1). La mejor música, la más pura, eleva nuestro ser hasta la misma presencia de Dios, donde los ángeles y los seres no caídos lo adoran con cánticos.
Pero el pecado ha lanzado una plaga sobre la creación. La imagen divina ha sido desfigurada y casi borrada; en todos los aspectos, este mundo y los dones de Dios nos llegan con una mezcla del bien y del mal. La música no es moral ni espiritualmente neutra. Puede elevarnos hasta la experiencia humana más sublime o puede ser usada por el príncipe del mal para rebajarnos y degradarnos, para despertar sensualidad, pasiones, desesperación, ira y odio.
La mensajera de Señor, Elena G. de White, continuamente nos anima a elevar nuestra perspectiva en cuanto a la música. Ella nos dice: «Cuando no se abusa de la música, esta es una gran bendición; pero mal empleada, es una terrible maldición» (El hogar cristiano, página 371) (2). «Debidamente empleada, es un precioso don de Dios, destinado a elevar los pensamientos hacia temas más nobles, y a inspirar y levantar el alma» (La educación, página 167).
En cuanto al poder del canto, ella escribe: «Es uno de los medios más eficaces para grabar en el corazón la verdad espiritual. Cuán a menudo la memoria recuerda alguna palabra de Dios al alma oprimida y a punto de desesperar, (mediante el tema olvidado de algún canto de la infancia), y entonces las tentaciones pierden su poder, la vida adquiere nuevo significado y nuevo propósito y se imparte valor y alegría a otras almas […] Como parte del servicio religioso, el canto no es menos importante que la oración. En realidad, más de un canto es una oración […] Al conducirnos nuestro Redentor al umbral de lo infinito, inundado con la gloria de Dios, podremos comprender los temas de alabanzas y acción de gracias del coro celestial que rodea el trono, y al despertarse el eco del canto de los ángeles en nuestros hogares terrenales, los corazones serán acercados más a los cantores celestiales. La comunión con el cielo empieza en la tierra. Aquí aprendemos la clave de su alabanza. (La educación, página 169).
Como Adventistas del Séptimo Día, creemos y predicamos que Jesús pronto vendra otra vez. En nuestra proclamación mundial de los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12  llamamos a todos los pueblos para aceptar el evangelio eterno, alabar a Dios el Creador y prepararse para encontrar a nuestro Señor en su pronto regreso. Desafiamos a todos a elegir lo bueno y no lo malo, para que «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2:12,13).
Creemos que el evangelio afecta a todos los aspectos de la vida. Por eso, sostenemos que, dado el vasto potencial de la música para el bien o para el mal, no podemos ser indiferentes ante ella. Aunque percibimos que los gustos en música varían en gran manera de un individuo a otro, creemos que la Biblia y los escritos de Elena G. de White sugieren principios que pueden moldear nuestras elecciones.
«Música Sacra» (también llamada música religiosa) es una expresión que se usa en este documento para designar a la música que se centraliza en Dios, y en temas bíblicos y cristianos. En la mayoría de los casos, es música compuesta para ser utilizada en los cultos, en las reuniones de evangelización, o en la devoción personal, y puede ser música vocal e instrumental. Sin embargo, no toda música considerada sacra/religiosa puede ser aceptable para un Adventista del Séptimo Día. La música sacra no debe evocar asociaciones seculares o invitar a la conformidad con normas mundanas de pensamiento o comportamiento.
«Música secular» es la música compuesta para ambientes ajenos al servicio de culto o de devoción personal. Apela a los asuntos comunes de la vida y a las emociones básicas del ser humano. Proviene de nuestro ser interior y expresa la reacción del espíritu humano ante la vida, al amor y el mundo en el que el Señor nos ha colocado. Puede elevar o degradar moralmente al ser humano. Aunque no está destinada a alabar a Dios, puede tener un lugar legítimo en la vida del cristiano. En su selección debe seguirse los principios presentados en este documento.
Principios para guiar al cristiano
La música con la que se deleita el cristiano deber ser dirigida por los siguientes principios:
  1. Toda la música que el cristiano escuche, interprete o componga, ya sea sacra o secular, glorificará a Dios: «Si pues coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). Este es el principio bíblico fundamental. Cualquier cosa que no pueda satisfacer esta norma elevada debilitará nuestra experiencia con el Señor.
  2. Toda la música que el cristiano escuche, interprete o componga, ya sea sacra o secular, debe ser lo más noble y lo mejor: «Por lo demás hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad» (Filipenses 4:8). Como seguidores de Jesucristo que esperamos y anhelamos unirnos a los coros celestiales, consideramos la vida en esta tierra como una preparación para, y un anticipo de, la vida por venir.
    De estos dos fundamentos (glorificar a Dios en todas las cosas, y elegir lo más noble y lo mejor) dependen los demás principios los demás principios que se presentan a continuación para la selección musical.
  3. La música debe caracterizarse por ser calidad, equilibrada, apropiada y auténtica. Fomentará nuestra sensibilidad espiritual, psicológica y social, y nuestro crecimiento intelectual.
  4. Apelará tanto al intelecto como a las emociones y tendrá un efecto positivo sobre el cuerpo.
  5. La música revelará creatividad y estará compuesta con melodías de calidad. Cuando utiliza armonía, esta debe ser usada de una forma interesante y artística, con ritmos que la complementen.
  6. La música vocal empleará letras que estimulen positivamente nuestras habilidades intelectuales así como nuestras emociones y nuestra fuerza de voluntad. Las buenas letras son creativas, ricas en contenido y de buena composición. Se concentran en lo positivo y reflejan valores morales; educan y elevan, y se corresponden con una teología bíblica sólida.
  7. Los elementos musicales y literarios deben obrar armoniosamente unidos para influir sobre el pensamiento y la conducta, en concordancia con los valores bíblicos.
  8. La música debe mantener un equilibrio prudente de los elementos espirituales, intelectuales y emocionales.
  9. Debemos reconocer y aceptar la contribución de distintas culturas en la adoración a Dios. Las formas y los instrumentos musicales varían en gran manera dentro de la familia Adventista del Séptimo Día mundial, y la música proveniente de una cultura puede sonar extraña para alguien de cultura diferente.

Referencias:
  1. “Es uno de los medios más eficaces para grabar en el corazón la verdad espiritual” (La educación, p. 168).
  2. Ella también dice que «justamente antes de la terminación del tiempo de gracia […] habrá vocerío acompañado de tambores, música y danza. El juicio de algunos seres racionales quedará confundido de tal manera que no podrán confiar en él para realizar decisiones correctas. Y a esto consideran como la actuación del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nunca se manifiesta en esa forma, mediante ese ruido desconcertante. Esto constituye una invención de Satanás para ocultar sus ingeniosos métodos destinados a tornar ineficaz la pura, sincera, elevadora, ennoblecedora y santificadora verdad para este tiempo» (Mensajes selectos, t.2, página 41).